domingo, 8 de noviembre de 2009

Nada que os dejo aquí un articulo que encontré en un periódico (BCNweek) al que me aficionado hoy mismo. Me he reído con cada uno de los artículos que he leído... y con este me siento especialmente identificada. Me ha parecido un texto divertido sencillo y al grano, que describe ese sentimiento que a veces he intentado, sin mucha suerte, describir con mis propias palabras. La sensación de cuando llegas a casa después de dos meses de estar en Holanda. Y me va como anillo al dedo justo ahora que faltan pocos días para mi r e g r e s o... suena de miedo eh! yo me estoy muriendo de ganas. Esta última frase me ha quedado un poco Halloween ca. Pues lo dicho, nos vemos en nada!
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LESSON 7: Allá donde fueres, haz lo que vieres (Epílogo)
by Judith Alarcón Bardera

Darlings! ¡Esta menda ya ha regresado a Barcelona! Algo decepcionada por no haber divisado a ningún fan fatal de mi columna a mi llegada en autocar a l’Estació del Nord, pero comprendo que os sintierais intimidados ante la idea de que vuestra ídola os hiciera cargar con sus maletas hasta su domicilio. Y hubiera sido así, para qué negarlo. Tengo la mano larga para el abuso de confianza.

Después de 4 meses rodeada de anglosajones por doquier, la primera toma de contacto con la people ibérica en su salsa fue de los mejores recuerdos que conservaré en mi hipocampo. Nada más salir del Aeroport de Girona, Costa Brava, (y sí, soy lo suficientemente cutre como para viajar con una de esas compañías low cost que te obligan a exprimir tu ingenio al máximo para hacer pasar 25 kilos de equipaje por 15) me dirigí hacia la estación de autobuses para descubrir con regocijo el espectáculo de los spanish conductores echándose a suertes a quién le tocaría realizar el próximo viaje a Barcelona.
Sin la más mínima intención de simular profesionalidad, allí estaban los 4 ó 5 conductores sentados en un banco frente al bus, fumando como carreteros, comentando el fútbol a grito pelao y soltando chascarrillos a cuál más soez. Como si estuvieran de cháchara en cualquier bar de Bellvitge.

Casi me corro del gusto.

Cuando alguien osaba interrumpir su sagrado descanso para preguntar cuándo salía el próximo autocar, alguno de ellos apagaba su colilla en el suelo, soltaba un “en 10 minutos, más o menos”, echándole una ojeada al reloj de pulsera de bazar –regalo de la parienta por el veinte aniversario de boda–, y continuaba una disertación sobre el paro y la crisis de Zapatero con los colegas como si 10 minutos fueran 2 horas, encendiendo otro cigarrillo para dejarle claro al viajero preguntón que no por mucho preguntar se podría ir más temprano.

Con 5 minutos de retraso sobre la hora marcada en los horarios de la compañía, otro se levantó y se colocó los huevos en su sitio; donde yo vi un acto reflejo masculino en realidad se escondía un gesto de resignación: le había tocado hacer el trayecto. Ni corto ni perezoso, pegó un alarido para anunciar que había llegado el momento de partir hacia nuestro destino.

Hasta que no hayáis vivido esos momentos de alud al intentar dejar vuestros bultos en el maletero de un spanish autobús no sabréis lo que significa la lucha por la supervivencia.

El resto del viaje, pues... radiofórmula a todo trapo y algún que otro frenazo seguido por un “mecagoendiosquenovesquetienesuncedagilipollas”. Todo amenizado con la banda sonora de las conversaciones ajenas, que los nativos más bien tendemos a turn up the volume sin miedo a que los demás oigan nuestras intimidades. God bless la sangre latina.

Estos detallitos impresionaron muchísimo mis sentidos, desde hacía meses aletargados por el polite behaviour inglés. A las 6 de la mañana de la misma jornada me las tuve con los conductores de autocar ingleses, o sea que en un mismo día se me obsequió con el regalo de vivir dos experiencias análogas que no podían ser más distintas.

Cuando llegué a la estación londinense de Victoria, puntual (que algo se me tenía que pegar en 4 meses), el conductor ya estaba esperando dentro del autocar y ayudó a todos y cada uno de los pasajeros a colocar sus respectivos equipajes en el maletero, con la ayuda de uno de esos mozos de empresa que dan información a los guiris despistados. El viaje fue tan tranquilo y soporífero que, por momentos, incluso me dio por especular desde el delirio si no habíamos tenido un accidente fatal y estábamos viajando en plan espectros hacia el limbo de las almas.

Fin del trayecto, sin incidentes ni accidentes, ni retrasos, ni charanga ni pandereta.

1 comentario:

  1. Esspein 4ever!!!! Het geheim van de "Salsa Latina". Divertido articulo, desdeluego.
    Papilues

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